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2 de octubre de 2026

La gestante rebelde que relata el lado b de la subrogación de vientre en Argentina: "Era prisionera en mi propio cuerpo"

Belén Arnedo encontró en Facebook una pareja que buscaba subrogar un vientre. La mujer aceptó la propuesta y desde ese momento vivió un calvario desde el embarazo, el parto y los momentos posteriores sin poder ver a su hijo Ciro

La gestante rebelde que relata el lado b de la subrogación de vientre en Argentina: "Era prisionera en mi propio cuerpo"

Fuente: Netfan Servicios

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Belén Arnedo estaciona el auto con el que hace Uber cerca de Barrancas de Belgrano, entra al bar donde la espera el periodista de Infobae y apoya el celular sobre la mesa con la pantalla hacia abajo. Tiene 34 años, tres hijos que cría sola y un turno de trabajo partido al medio para poder sentarse a hablar. Antes de que le pregunten nada, desbloquea el teléfono y busca una cuenta secundaria de Instagram. La necesita porque el padre de Piero (el bebé que gestó por subrogación y del que fue separada al nacer) la tiene bloqueada en todas sus redes.

Desde esa cuenta clandestina ve crecer a su hijo en fotos que otros publican. En una, Piero aparece con una temática de los años 80 junto a Belén en una muy buen montaje realizado por ella para cumplir con el desafío viral. En otra, la que ella amplía con los dedos para que el periodista vea bien, está recién nacido en la clínica, el día que a ella la tenían encerrada en la parte trasera de una habitación presidencial mientras le traían abogados con papeles para que firme.

Belén, tras aceptar ser gestante subrogada para una pareja que contactó por Facebook, dio a luz a Piero. Fue su cuarta cesárea. Al bebé lo tuvo en brazos 10 minutos en neonatología. Cuando cruzaron la puerta de la clínica, el padre biológico puso al bebé en el huevito y se fue corriendo,. Hoy Piero figura legalmente como su hijo, pero ella no lo volvió a ver. Los padres la demandaron para borrarla de la filiación. Ella, les inició una demanda penal y otra civil.

Belén se define como "la gestante incorrecta o rebelde". Lo dice con una media sonrisa que se le quiebra cada vez que pronuncia el nombre del nene. Se le llenan los ojos de lágrimas, se recompone, sigue. Cada 30 de septiembre, Piero nació ese día de 2024, va a la puerta de la maternidad de la avenida Pueyrredón, en Recoleta. Es el único lugar donde lo tuvo en brazos. A fines de este mes va a ir de nuevo cuando Piero cumple dos años.

En un momento de la conversación se baja un poco el cuello de la remera y muestra un tatuaje en el medio del pecho, cerca del corazón. Una sola palabra: "audaz". Belén creció en hogares de menores y en la calle, fue adoptada, encontró a su madre biológica a los 28 años. Esa historia, cree ahora, fue la trampa que le tendió su propia mente. "Pensé que podía darle a otro bebé lo que a ella nadie le dio. Una raíz, una historia. Que no la borraran de su vida", explica.

La primera vez que Belén se acercó a la subrogación fue a los 28 años, cuando un amigo le contaba sus problemas de fertilidad y ella le ofrecía su vientre sin entender de qué hablaba. En 2020, ese amigo la llamó para concretarlo. Hicieron dos transferencias embrionarias durante la pandemia, con hisopados en cada visita al médico. Ninguna funcionó. El tercer embrión se lo implantó la esposa del amigo, que quedó embarazada a los 47 años. Belén fue la niñera del bebé durante su primer año de vida.

Después vino la crisis. Se separó de una pareja estable en una situación que describe como violenta. Consiguió una exclusión del hogar por vía judicial, pero vivía con miedo. La familia de su ex tenía contactos en la política y, según ella, gente pesada. Trabajaba en gastronomía hasta la noche para mantener a sus tres hijos. No tenía garantía, no tenía recibo de sueldo, no tenía capacidad de ahorro. Calculaba que la única salida era volver a una pensión, un cuatro por cuatro, como cuando ellos eran bebés y dormían en cuchetas y cunitas.

En esa desesperación le apareció en Facebook una publicidad de "buscamos gestante". Belén describe a la red social como "el Tinder de las gestantes". Hay grupos donde padres publican todos los días buscando mujeres. Hay agencias que reclutan. "Hay madres en situación de precariedad que ofrecen a sus bebés en esos mismos grupos, porque de subrogar a comprar un bebé estamos a un paso", explica.

La publicación que le cambió la vida era una foto de dos hombres con sus perros. "Estamos buscando, somos de CABA", decía. Ella les respondió por Messenger. Él le hizo unas preguntas por WhatsApp. Quería saber si fumaba y si consumía drogas. Se encontraron en un bar. Belén había decidido que esta vez sería con una pareja de varones. Con su amigo y la esposa había sentido que la carga emocional de gestar para una mujer que no podía hacerlo era demasiado pesada. "Con dos hombres nadie iba a tener que resignar una gestación", pensaba en ese momento.

El acuerdo que firmaron no era un contrato. Era un consentimiento informado al que los padres de Piero le adosaron un apéndice con cifras. Fueron 120 mil pesos or mes los primeros tres meses de embarazo, 150 mil los siguientes tres, 180 mil los últimos. Belén les pidió que incluyeran por escrito la ayuda para mudarse. Le dijeron que se quedara tranquila, que todo lo que necesitara se lo iban a facilitar. No quedó por escrito. Ella pidió tener su propio abogado. Le respondieron que el abogado de ellos nunca le iba a hacer nada malo.

Fue en marzo de 2022. Quedó embarazada recién en 2024, después de dos años de espera, estudios invasivos (una biopsia de útero con sedación total en quirófano, una histerosalpingografía con yodo que describe como dolorosísima) y una transferencia embrionaria fallida.

Cuando el test de esa primera transferencia dio negativo, los padres le sacaron el chofer que le habían puesto para trasladarla a la clínica. A los dos días la echaron del trabajo en un local de Palermo por haber faltado el día del procedimiento. Ellos habían prometido pagarle el presentismo que iba a perder. No cumplieron.

Cuando por fin quedó embarazada, Belén trabajaba como camarera de piso en una clínica en Belgrano. Al mes y medio tuvo pérdidas y la mandaron a hacer reposo. Estaba en período de prueba y la echaron. Los padres de Piero le dijeron que no se preocupara. "Te bancamos", cuenta Belén significó "estirar al máximo el tiempo hasta que yo no tuviera ni un peso de mi plata y tuviera necesidades imperiosas de comprar para comer".

No le pasaron dinero hasta casi el sexto mes de embarazo, y lo hicieron porque ella les dijo que necesitaba comer, que sus hijos necesitaban zapatillas. Mientras tanto, le habían puesto una prepaga para los controles, elegido la clínica y el obstetra. Los resultados de los estudios no se los daban a ella, se los pasaban directamente a los padres. "Yo como cuerpo gestante perdí todos mis derechos sin autorizarlo", dice.

El psicólogo de la clínica era en teoría su terapeuta. Al principio la elogiaba: "Lo que estás haciendo es increíble, Belén". Cuando ella le contó que estaba escribiendo un libro sobre la experiencia y que iba a dedicarle un capítulo a sus intervenciones, él le dijo: "Ay, qué lindo formar parte de esto". Ese capítulo va a existir, dice Belén, pero va a contar lo que Darío realmente fue. "Mi verdugo", lo define sin titubear.

A los seis meses de embarazo, los padres de Piero se fueron un mes a Europa. Le mandaban a la empleada que les limpiaba la casa para que la atendiera a ella. Belén lo sintió como una invasión, un mecanismo de control. La crisis estalló. Empezó a decirle al psicólogo que quería salirse de todo, que era explotación, que era trata. Se lo dijo embarazada de siete meses.

Las sesiones se volvieron casi diarias, de hasta tres horas, a los gritos y llorando. El psicólogo dejó de ser terapeuta y se autoproclamó mediador entre ella y los padres. Tenía sesiones con Belén, sesiones con ellos, y le transmitía a ella lo que ellos decían. Lo que ellos decían era que le pasaban 3 millones por mes. "Darío, decime que te muestren las transferencias", le pedía Belén. "Mirá si voy a estar llorando de hambre."

Les dijo que tenía frío, que había arreglado la estufa con sus propios medios y que aun así no funcionaba. La respuesta fue: "Ay, pobre, son las hormonas".

No tuvo el bolso armado para ir a parir hasta una semana antes de la fecha. No tenía plata para comprarse bombachas y apósitos postparto. El consentimiento informado que había firmado dos años antes se lo pasaron recién cuando se negaba a ir a parir con el obstetra de ellos. Un acuerdo de confidencialidad que también firmó nunca lo volvió a ver. No le dieron copia de nada.

Piero nació el 30 de septiembre de 2024 en una maternidad de Recoleta. Era la cuarta cesárea de Belén. Ella había armado un plan de parto con especificaciones precisas. Quería que sonaran temas de Floricienta, que en el momento del alumbramiento sonara Hay un cuento, quería recibir al bebé sobre su cuerpo y poder besarlo. Sabía que esas cosas eran su derecho y sentía que era lo único que podía reservarse después de nueve meses de sufrimiento. Permitió que los padres estuvieran en la sala. El padre biológico le sostuvo la mano.

Piero nació muy blanco, como si algo estuviera mal, y lo llevaron rápido a neonatología. Los dos padres se fueron detrás del bebé. Belén había pedido que no la dejaran sola en el quirófano. La dejaron sola. Le empezaron a inyectar calmantes. Sentía la cesárea a pesar de la anestesia.

La subieron a la habitación presidencial que los padres habían pagado. Tenía dos ambientes. Un hall adelante y la cama del paciente atrás, con el baño. Belén quedó atrás. Ellos se instalaron adelante, recibían visitas, cerraban la puerta. Nadie le decía cómo estaba Piero. Cuando preguntaba, le mandaban alguna foto. El psicólogo le decía que tuviera paciencia.

Al tercer día escuchó llorar a un bebé en el hall. Llamó al psicólogo. "Piero está al lado y no me lo trajeron". El psicólogo llamó a los padres. Vinieron las abuelas. Le dijeron que era una chiquilina por estar llorando, que por qué se ponía así justo ahora que iban a verla. Belén se tapó la cara con las manos, les pidió que se fueran. No podía hablar, estaba recién operada. Se fueron. Pasó toda esa noche escuchando a Piero llorar del otro lado de la puerta.

Al día siguiente, a las 10 de la mañana, firmó su propia alta. Entonces vino la enfermera de pediatría a decirle que tenía que firmar también el alta de Piero. Y Belén dijo que no.

Lo que siguió duró siete horas. Vino la jefa de neonatología. Vino la jefa del equipo de psicólogos de la maternidad, que le cuestionó que se hubiera extraído calostro y leche para dársela a Piero. Belén se había sacado leche antes del parto, la había congelado, la había llevado a la clínica. Los padres la descartaron. Una puericultora les había dicho que con leche de fórmula iba a estar bien.

Vino la abogada del estudio de los padres, que le dijo que si no firmaba iba a tener una causa penal o la iban a denunciar por abandono de persona. Vino uno de los padres, el que no era biológico, y le gritó "robabebés", le dijo que le iban a sacar a sus hijos, que iba a ir presa. Llamó el médico que le había hecho la transferencia embrionaria, un hombre que reapareció para presionarla.

A las siete de la tarde, Belén habló con el padre biológico. Le explicó que le habían arruinado el embarazo, el proceso, la psiquis. Él le prometió que le iba a pasar el dinero que supuestamente le estaban debiendo. Ella firmó.

Para poder salir de la maternidad, el bebé tenía que salir con la madre. Belén fue a buscarlo a neonatología. Fueron 10 minutos. Piero había nacido con rizos dorados, pero lo habían pelado. Ella lo tuvo en brazos y sintió que él dejaba de llorar, que estaba cómodo, donde tenía que estar.

Le pidió al padre biológico que le sacara una foto. Nunca se la pasó. El padre agarró a Piero, lo puso en el huevito y salieron juntos hacia la puerta giratoria de la maternidad. Cuando la cruzaron, el hombre se fue corriendo.

Belén se quedó sola en la vereda, con la cesárea de cuatro días, sin batería en el teléfono. Tuvo que caminar hasta un negocio a la vuelta para cargar el celular y poder pedirse un Uber de vuelta a su casa.

Llegó a su casa en la oscuridad. Sus tres hijos no entendían nada. Pensaban que iban a conocer al bebé en la clínica. Belén se encerró en su cuarto.

Siete u ocho días después de parir, se puso la mochila y tomó un colectivo al Palacio de Justicia. Buscó en Internet "patrocinio gratuito" y fue. La derivaron al patrocinio de la UBA. Durante el primer mes no pudo hablar. La angustia y la desinformación eran tales que los abogados necesitaron que se estabilizara emocionalmente antes de encarar cualquier acción.

En Argentina, la gestación por subrogación no está prohibida ni regulada por una ley específica. Pero el artículo 562 del Código Civil y Comercial establece que los nacidos por técnicas de reproducción humana asistida son hijos de quien dio a luz.

En octubre de 2024, días después del nacimiento de Piero, la Corte Suprema de Justicia confirmó esa regla en un fallo que rechazó el pedido de dos hombres de ser reconocidos como únicos progenitores de un niño nacido por subrogación, desplazando a la gestante. Los jueces Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti coincidieron. La norma es de orden público y no puede ser modificada por acuerdos privados entre las partes.

Piero quedó inscripto con Belén como madre y el padre biológico como padre. Cuando fueron juntos al Registro Civil a hacer la inscripción, el hombre no llevó al bebé. Recién ahí le mostró fotos. Recién ahí, porque ella ya tenía abogado, le pasó algo de dinero.

Los padres la demandaron en el fuero civil para impugnar su filiación y que el consentimiento informado de 2022 sea declarado válido. Belén los denunció penalmente por trata y falsedad ideológica. La denuncia incluye a la clínica, a los médicos, al obstetra y al psicólogo.

Belén compró pañales cuando pensaba que iba a poder ver a Piero. Pidió ropa prestada a amigas que habían tenido bebés. Cuando la inundación golpeó Bahía Blanca a fines de 2024, donó casi todos los paquetes. Guardó uno. Lo abre a veces para olerlo. Es lo más cerca que estuvo de su hijo desde los 10 minutos en neonatología.

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